En uno de los módulos trabajados esta semana, se reflexionaba sobre la influencia que una historia puede ejercer sobre el público. De acuerdo con esto, decidí plantear mi propia historia, cien por cien real, en la que intentaré haceros reflexionar sobre lo extraño de la casualidad y del destino.
Nos situamos a principios del mes de abril, en el año 1991, a primera hora de la mañana. Estaba amaneciendo, y mi padre conducía, junto con su primo, hacia la nave, en el polígono industrial de Cobo Calleja, para terminar un encargo urgente de un cliente importante. A pesar del horario agotador y las pobres condiciones de trabajo y salario, mi padre era feliz en aquel trabajo, pues hacía lo que a él más le gustaba: la carpintería. Sin embargo, todo cambiaría esa mañana, al llegar al cruce de entrada al polígono, un cruce rápido y peligroso que, además, siendo tan temprano la gente iba con prisas y despistada.
Tras una breve espera, era su turno de cruzar y llegar a la nave, pero ese no era su destino de hoy. Mientras aún cruzaban, un enorme camión de reparto, que llevaba las cervezas Mahou a sus respectivos destinos, salía del polígono, saltándose su señal de parada y, por tanto, embistiendo con fuerza al coche en el que ambos viajaban, un pequeño Renault biplaza. El conductor del camión, un chaval de apenas veinte años, vio la escena aterrorizado y, presa del pánico, decidió emprender la huida, en vez de quedarse y comprobar qué les había ocurrido a los accidentados. Mi padre había partido el volante con la mano debido a la fuerza del choque, además de abrir una grieta en el cristal delantero con la cabeza, quedándose inconsciente. Por otro lado, quien de verdad sufría el horror era su primo que, con la pierna rota, no podía salir del coche, y veía a su primo sangrar abundantemente por la cabeza.
Tras lo ocurrido, dos furgonetas de reparto de Panrico, que venían detrás del camión, acudieron a atenderlos. Una dellas se quedó allí y llamaron a la ambulancia, mientras que la otra, se fue detrás del camión que huía. Poco tiempo después, la ambulancia había llegado, aunque todavía hacía falta una segunda ambulancia, ya que mi padre debía ser trasladado de urgencia. Asimismo, el conductor del camión había regresado al lugar del accidente, convencido por el conductor de una de las furgonetas.
Lo usual sería pensar que la historia termina aquí, pero no fue así, pues la crueldad del destino quiso actuar de nuevo. Debido a la mala señalización del accidente, otro vehículo pasó, directo a chocar con el coche siniestrado. Sin embargo, el conductor dio un volantazo, cambiando su trayectoria, e impactando de lleno con el joven conductor del camión, que salió despedido hacia una nave en obras, próxima al cruce. A pesar de lo ocurrido, el conductor del camión solo tuvo un despiste, era solo un crío; pero no pudo librarse del castigo fatal que el destino le había reservado: el joven cayó junto a una grúa que trabajaba en las obras, con tan mala suerte de engancharse en el eje de la grúa [...].
Finalmente, la ambulancia que debía llevarse de urgencia a mi padre tuvo que llevarse a este chaval, que había perdido una pierna en el acto, y tanto su vida como su otra pierna corrían grave peligro. Tanto a mi padre como a mi primo, a pesar de estar hospitalizados un tiempo y necesitar alguna que otra operación, no arrastran secuelas de aquel día en la actualidad, mientras que el conductor del camión tuvo que ser operado en múltiples ocasiones para no perder la pierna que le había quedado, además de sufrir secuelas graves en varios órganos, debido a la fuerza del golpe.
Me gustaría, por tanto, hacer reflexionar a los lectores, sobre la vida y sus casualidades, recordando siempre la importancia de tener presente la fugacidad de la vida, que puede cambiar por una simple, aunque fatídica en este caso, casualidad.
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